sábado

los maestros

Decime, vos
¿cuántos maestros han pagado
telos y
han garchado
con la plata de la
vocación docente?
Los conserjes de los hoteles
alojamiento serán
por necesidad y por
ósmosis
los futuros Sócrates
del mundo.

Y que vaya Platón
-como siempre-
a lamer de las almohadas
el olor a culo
y a nutrirse
de los gozados sedimentos,
a aprender,
en fin,
con lo más genuino de
la mayéutica.

miércoles

nihilismo soft

No leí el Ulises
no leí a Cervantes
no leí
nada. Y sí
me importa. No soy
un hippie vanguardista
que se la re cree
que piensa: "yo
la tengo mucho más grande
que esos giles                                                                    [Aunque, ¿por qué no?]
de antes"
(por eso pongo
algunos puntos y
comas). Pero es que ya
me cuesta horrores
creer en la verdadera existencia de
lo bello
o esa mentira religiosa
de la estetización, o
incluso
de la poesía
social


como si alguien pudiera comerse
este poema.
                                                                                             

no ser

Me está pasando
en este último
tiempo
que puedo
ver
cómo la gente
se da cuenta
de que
por momentos
o
en ocasiones especiales
(socialmente hablando)
no hay nada
detrás
de mis ojos marrones
excepto un vacío
que viene
ya
desde muy lejos

sábado

The genkidama experience

Mi cerebro suele languidecer durante las horas que median en el transcurso del día (desde las 13 hasta las 19 o más, dependiendo de diversos -y voluntariamente no especificados- factores) y revive, despierta, se des-oculta durante los extremos de la jornada: la mañana y la noche. Si el día fuera un mundo sería, entonces, en los polos (en el polo) en los que debería radicar mi “escritorio de trabajo” y a las regiones continentales debería dedicar mi ocio. No se trata de una consecuencia inevitable de la hora en la que me despierte. Se trata, por el contrario, de características sensiblemente inmanentes al horario en sí. Es decir, que aun despertando alrededor de las 13, mi cerebro perpetuará su curso sabático hasta, por lo menos, las 19 / 20.

Ahora bien, en verano o primavera existe, puntualmente, un horario de máxima optimización de mi aparato nervioso, mi sensibilidad (física, social, mental). Me refiero a la hora, el momento epifánico, en que el viento comienza a soplar sobre las paredes sobrecalentadas de los edificios, el instante irrepetible (oh, tempus fugit) pero periódicamente cotidiano en que los bares y cafés se llenan de amigos tomando una cerveza mientras el mundo y sus conflictos, sencillamente, desaparecen. Es como si el conjunto del alivio exhalado por el término de la alienación (la jornada laboral) se propagara en el aire por la ciudad y se vertiera, desde los propios envases, en la cerveza, en la chocolatada, en el mate. Una suerte de gran genkidama colectiva y socialista (como toda genkidama) que destila y se impregna en cada cuerpo. O, por lo menos, en el mío.