sábado

utilidades

soy útil para la casa
para lavar los platos, preparar
comidas que sorprendan a más de uno.
soy útil para escribir estos versitos,
para cortarlos como si fueran
carne.
soy útil para mirar, dejarme
encantar por las atrocidades del mundo,
por la belleza que explota en todas partes.
soy útil para hablar
en mucho idiomas, sin decir
nunca
en el fondo
lo que querría decir.
soy útil, sí, soy útil
si se trata de embarcarse
en proyectos utopías intentos de permanecer
alguito, aunque sea, en la memoria colectiva
maquillados de altruismo y bonhomía.
por partes, si me toman, también soy útil
pueden usarse
mis brazos para labrar tierras, alimentar
zombies relimados afectados de influenza,
mis piernas
para confeccionar barreras de metegol al aire libre
mis ojos mis uñas mis dedos gordos mis pulmones
siempre útiles, desbordan
los desarmaderos humanos que desmienten
a la Gestalt, a los románticos de vidas uniformes.
asimilando las desgracias, soy útil, también,
las fatídicas, fascistas
convenciones sociales que me prestan
una imagen aceptable, un qué buen chico, un apretón
de manos que camufla o caretea (elijan
la que más les gusta o cabe, e ídem)
el trasfondo: la corteza de mí mismo.
soy útil
soy muy útil
para ir caminando, mirar pa'rriba,
extrañarme alucinado con la noche y creer
en convicciones que no tengo.

en cambio,
no soy útil para decirte
que todo va a estar bien,
que vas a salir;
no soy útil para mirarte
a los ojos y creerte
otra vez,
sabiendo que la mentira más terrible
es la que atraviesa al mentidor,
lo precede, lo estaquea
a traición y sin que quede
nada para hacer.  

martes

Dos mil: Zeitgeist y después


Todas las hojas del mundo
las de papel
y las otras
están hartas, se disponen
a realizar una huelga
por tiempo indeterminado
dicen
que no puede ser, que la cosa
ya no da para más
están cansadas
por la constante violación a sus derechos
una hipocresía, insisten,
en la era digital
en la era
de las verdades subacuáticas
la era de las voces que se esparcen
día a día
como si quisieran darle vida
a las locas teorías del discurso
las locas aventuras del discurso
las desangradas locuras del discurso.
Una vergüenza, un
desastre natural de colosal envergadura,
la decapitación constante de la letra
sin la sangre, sin que pueda
aullar
gemir ese dolor terrible
esa hipertrofia de la sensibilidad
justo entonces, que las risas
grotescas del abismo repercuten
y en el eco se interpreta el deseo superlógico
de haber nacido, sí,
pero ya muerto.

Nunca fue más fácil: borrón
y cuenta nueva. No hay resistencia,
no ceden
las almas ante el espanto de la muerte, no comprueban
los músculos el rigor, la fuerza.
Ya no es cierto eso que decían
que embanderaban con fervor, la energía
sí se pierde, ahora
la lógica del puro vacío
hace grieta en la cabeza, se diluye
el motor de la moralidad
esa mentira superior dogmatizada
que en el fondo
no era más que describir sin aggiornarse,
la realidad concretamente.

Más allá de lo uno y lo otro
más acá
de la imposibilidad urgente
de contradecir lo no dicho
lo nunca, lo nada,
por el camino de su anhedonia
la sociología explica
veinte veces lo mismo, se incorporan
las nuevas tecnologías de la comunicación
a las escuelas secundarias,
una quebrada
roja
verde
seca
un cerro, una verdad,
van dando vueltas, y se abre
un resquicio hacia la disgregada anatomía
del yo.

Antes de que vengan
los tahúres oligárquicos de la metaconstrucción identitaria
pos, trans o plurinacional
leo, otra vez, entre las redes
“¿Se viene el fin del mundo?”, y pienso
“Dale. Pero no me cortes el wi-fi”.

lunes

Lo patético


Me duele el contexto
en el que aprendí algunas cosas.
No es tanto
el aprenderlas, es que ahora
que las uso, que vierto,
por ejemplo,
el agua del mate sobre la bombilla,
que conozco
el significado de la palabra “sibling”,
que puedo moverme
sin mayores exabruptos
entre las calles de Buenos Aires,
que entiendo la expresión
“¡vamo’ arriba!” y la profeso,
ahora, digo,
tengo
todo eso en la cabeza, tengo
la vida que se me va agolpando
sobre la espalda de mochilero,
y debería
estar tranquilo, no asustarme,
entender
que trazo mis líneas en un abismo
como todos.
Pero no, insisto, el contexto,
las manos, el tono
de cada una de las voces,
y las risas que llenaban
cualquiera de mis carencias,
lo que no hay manera
de agarrar, de retener
eso que queda
dando vueltas al costado de la experiencia.

No ser un compendio
de vacíos archivados, de entusiastas
proposiciones desmedidas.
El plan quinquenal no tiene muchos
pasos a seguir, es solamente
soltarse, abandonar
las tontas pretensiones de vivir
y ver qué pasa.

martes

Visión de los que lloran


No voy a hablar de las formas de llorar, tampoco
de cómo es posible que no existan
lloratorios, habitaciones
específicas en cada casa para llorar. No.
No tengo pensado escribir
sobre:

-el tamaño de las lágrimas
que unas veces
surcan los cachetes y otras
saltan suicidas al vacío
para calmar el dolor

-su composición salada y
amarga, ese sabor
que no se sabe
bien
de dónde viene

-cuántas veces por día
llora un hombre promedio, cuál
es la diferencia que arroja
el Censo Nacional De Mujeres Que No Lloran Por Amor,
que rompen
los pronósticos, las cábalas, en fin:
que sudan por amor, estallan
a esos tipos en estéreo

-por qué se chocan
los extremos más drásticos de la vida
y se condensan, se penetran
en el llanto.

No me interesa decidir en qué momento
el primer hombre (o algún otro)
descubrió que llorar
no era
una maldición, un extraño
caso de hemorragia interna
para que después
vinieran los poetas y los solos
a desmentir esa creencia.
Hay algo, una práctica
social que me deslumbra, no se trata
de las caras pálidas que abisman el llanto
ni tampoco
la conciencia del alivio
que es llorar con una causa
fija, definida
concreta o más o menos entendible.

Cuando todo se parece a una aguja de metal
interminable, cuando
no emergen, no se animan las certezas a venir,
cuando la falta, el hastío, la penumbra,
el disolverse inesperado de los hábitos,
la impresión definitiva, irreductible,
de no ser, de estar viviendo
por fuera de uno mismo,
cuando la terrible ilusión se tambalea
se desploma y cae
como una madre borracha,
ahí es que aflora, se desborda
el llanto, se arremolinan en los ojos
las verdades imposibles que se van,
no hay, entonces, convenciones
o modales que se opongan
que apuntalen las represas, el olvido;
es ahí
cuando languidecen las vetustas consideraciones filosóficas,
cuando no hay lugar
para pensar en cambiar un poco la cosa,
cuando el mundo no existe más allá de los párpados,
es ahí, digo, que se llora
inevitablemente, donde sea.
Y por eso es que la gente
de vez en cuando
se esconde entre un abrigo,
una gorra, sus propias
manos, y llora
aun
en colectivos, trenes,
incluso
hasta en taxis o remises;
llora,
y que la vida
se haga a un lado,
por un rato y que no importe.