Niñas muertas.
Las espero, también, muerto
todavía respirando por esa idiotéz humana:
la esperanza.
¿A qué hora, digo, las veré por fin?
Será, ya, demasiado tarde
como fue tan temprano esa mañana
mediodía; iridiscente, como estos labios
que se cierran por inercia
y se abren por decoro.
¿A dónde iré a parar, rictus de olvido?
Temiendo temerle a la verdad,
mas buscándola como si fuera
mía. ¡Ingenuo!
Nunca es aullido grato
ni, acaso, enfermo abrazo.
Tal vez cura y espanto,
reflejo de atroces desgarros
como estos que pugnan
en mí. ¡Lástima!
Porquería que nada los ríos
(de la ciencia) con fuerza y no sabe
-¡no sé!- que es su fin el ahogo.
Desahogo inútil, por caso, esta
efigie estática de palabras
crudas. ¡Muerte!
Quizás el único resquicio de esperanza
que nos queda a nosotros:
medios
orgullosos
sobrevalorados
altaneros;
solitarios.
Mayo de 2008