y vio que era bueno
el otro, creó un teléfono inalámbrico
al día siguiente,
creó una máquina para hacer fideos
y después creó al hombre
esa es la verdadera historia
¡crease o no!
¡crease o no!
Lo único que quería era que se terminara todo de una vez . Dejar de sufrir. Abandonar por fin ese sentimiento de mierda que me acompañaba siempre, que me torturaba desde la primera hora del alba hasta la primera hora del alba. Me perseguía, me martirizaba. Era el olvido, era el sentirse solo aún tomado de la mano. Era estar en otro lado, no poder pensar en otra cosa más que en ese dolor punzante, lacerante, a la vez negro y oscuro y de esos colores que el desamor pinta tan bien. Nada. Ni siquiera un llamado. Un “estoy bien” para quedarme tranquilo y empezar la vida. Empezar ese domingo frío, nostálgico y tan fugaz como vano. Quería despertar de esa pesadilla al estilo tortura china, de ese gotear de las canillas de la desesperación... una y otra vez sobre mi frente... una y otra vez sobre mis ojos (¿o eran mis lágrimas que caían?). No. Eran lágrimas, pero no las mías (por supuesto). Eran -son- lágrimas haciéndome ver que mis problemas son vagos, nulos, casi inimportantes y egoístas. Que con tanta locura, tanta ezquizofrenia dando vueltas por el mundo, yo con mis problemas tan ínfimos vengo a ser algo así como el paraíso. Pero a mí me duelen. Y me dan ganas de que el domingo sea domingo por siempre, de que el sufrimiento no se termine nunca para que mi llanto llegue a desahogar la pena que mi alma encierra y no deja escapar en la vertiginosidad de los días.¡Que salgan, por favor, de una vez por todas estos demonios que me aturden!
Para apuntar en el muro de los lamentos...