sábado

Citadinos pasatistas

1.

Todos los intentos por cargar, dotar,

alimentar

las palabras de

una fuerza tan

-cabal, ingenua, enlatada-

son

al pedo. Vos sabés,

te das cuenta

es idiota no aceptar la propia

indignidad, las impresiones

en la gente qué carajo atenúan

tu sentirte un

flojinepto

que se fuma, de balcón en balcón,

un que otro cigarro.

NOLEQUEDAOTRO

REMEDIOMASQUE

ENDEUDARSE

PARAPALIAR

LOSPROBLEMASQUE

ESAINMENSA

Compostura.

Resistencia.

Los vendepaco del sistema

en las esquinas (repavimentadas

por La Ciudad) se mueren

-¿te imaginás?-

por escribirse poemas en los sobacos

y no tener que bajar del taxi a comprar puchos porque

llueve.


2.

Salí vos

a sacar a la perra.

A mí se me cagan

de risa. Tu caniche

y tu rottweiler no van

conmigo, loca, y el semáforo

me tiene las bolas llenas.


3.

Pero claro ahora vas a ir preso

por comprarte una tortilla

de papa y verdurita en el kiosquito.

Andá pensando

cómo le explicás al juez

que no tenías hambre sino

miedo.


4.

Hay algún goce

en la geometría inútil

de las alcantarillas. Un perpetuo

voyeurismo inconducente de humedades

impregnando los afiches callejeros, que

burlan raudamente los graffitis.

Libertad de decir,

autonomía de hacer.

No es lo mismo creerte ahora

un revolucionario. Ya no es

original la originalidad.

Yo digo que la gente, a lo lejos,

no se moja con la lluvia,

no era cierto

eso de los estímulos, lo de

la sobreabundancia

de estímulos, no era cierto.

Quizás falten

maquinitas de café en las casas

de algunos viejos

escribidores de lo viejo.

Una puerta que se cierra es lo mismo

en el bullicio, en el

quilombo que te saca la basura

o en la penumbra de un relincho

mineral, acicalado. Porque después

de un tiempo lo que importa

no es la puerta; es

la hojita, muy turra, que sodomiza

a esa cloaca

impunemente.

martes

Perlas Cuspideanas #3

(De cómo la hipertrofia de la subjetividad daña, rotunda e inevitablemente, la visión crítica sobre las cosas)

Señora [vehemente, casi dictatorial]: Quiero el último libro de (E)Stamateas. [Sí, pronunció la "e" inexistente con una insistencia perturbante]

Yo: Ya se lo traigo.

[le alcanzo "Quiero un cambio", de Bernardo "tóxico" Stamateas]

Señora: Ah. ¿De qué trata?

Yo: Mire, señora, sinceramente no lo sé. No lo leí el libro.

Señora [obviamente, con el tono de superioridad que le confieren las grandes cantidades de dinero a la gente pelotuda]: ¡Uy! ¿Cómo que no lo leíste? [y resuelve, incólume] No sos muy lector, ¿no?

Yo: ................................................................................................................ [sobran palabras para describir mi reacción gestual. Le digo] La verdad, señora, autoayuda no leo. Leí muchas otras cosas, pero esa... eh, autoyuda no.

[la señora mira para otro lado, se hace la boluda y se lleva el libro a la caja. Por suerte, no llegó a intoxicarme y mi día continuó su curso normalmente]

Perlas cuspideanas #2

[Marco referencial: Navidad. Locura consumista. Atención de 5 clientes al mismo tiempo. Todos, o casi todos, comprando basura. Cuatro de la tarde del viernes 24...]

Señora cuarentona: Hola, ¿trabajás acá?

Yo: Sí, sí. [un tanto ofuscado le muestro el cartelito que, agarrado a mi corbata, destaca un "Guido" que me autoriza como integrante de la empresa y que sirve, claramente, para evitar responder este tipo de preguntas pero que, a la vez, introduce la idea de que si a pesar del cartelito a uno le preguntan si trabaja en el lugar se debe a que, en realidad, el cliente quiere dejar entrever que no pareciera que estuviéramos trabajando. =)]

Señora cuarentona: Ah, bueno. Quería consultarte tu opinión por un libro... ¿puede ser?

Yo: Sí, cómo no.

Señora cuarentona: Es éste... [me muestra "El dueño", de Majul]

Yo [ante la imposibilidad de caretearla, apelo a mi más alta sinceridad]: Mire, la verdad es que a mí particularmente Majul no me gusta nada. Me parece un muy mal periodista, más allá de que no esté de acuerdo ideológicamente con él.

Señora cuarentona: Ahhh... [pasan unos segundos. Yo sigo buscando el libro de otro cliente que estaba buscando cuando la señora me interrumpió, con una osadía para quebrantar las normas de cortesía vincular que, por mi breve e inesperada experiencia, atribuyo ya como carácter específico de la tesitura clientelar. Luego de casi medio minuto de seguir observando el libro, con cierta apatía, vuelve al ataque sin miramientos y resuelve, triunfante]: Me lo llevo.


Moraleja: no apeles a la sinceridad con cierta gente. Si preguntan tu opinión es solamente para reafirmar la suya, y si los contrariás vas a dejar de existir, en el instante mismo de la formulación de tu idea, para siempre y desde siempre en la esfera -estrecha, por cierto- vivencial de la persona.

viernes

Perlas Cuspideanas #1

-Vieja [con inmerecida suficiencia]: Hola, quería un libro de Lucía Gálvez... pero no sé cuál era...

-Yo: mmm... ¿no se acuerda nada del título? ¿O, por lo menos, de qué trataba?

-Hija de la vieja [hinchada las bolas]: Sí, mamá, ¿te acordás que es uno en el que ella va a investigar sobre unos indios del norte de argentina? y cuenta su historia, y detalla cómo viven...

-Vieja [desasosegada totalmente, primero; inmediatamente después, me mira a mí y me dice, con total impunidad y vehemencia, a lo mirtha legrand]: ¡Ah, no! ¡Si es de indios, no! A mí los indios... no me gustan

...

(Al final se terminaron comprando el último de Vargas Llosa... je!)